martes, 14 de julio de 2009
jueves, 2 de julio de 2009
¡CRASH!
Los gitanillos esperan sentados a un lado de la pista de metal. Sólo tienen dos cosas que hacer: Matar a algún pardillo que se le ocurra cruzarse con su camino; y dos, cruzarse con algún pardillo para matarle por el camino.
Una oronda taquillera desganada me escupe un par de fichas a cambio de toda mi semanada. Las piernas me tiemblan y algunos quillos ocupan sus posiciones...
Como no podía ser de otra maneran en esta historia hay una chica. Una chica de belleza bestial. La promesa de un mundo salvaje, lleno de aventuras y amor. Ella se codea con la flora y nata del quillerio nacional. Ella es la responsable de que los salvajes cometan las atrocidades más feroces. Ella es la culpable de que todos estemos allí dando lo mejor de nosotros. Su sonrisa es el premio. Un premio que solamente consigue el máximo ganador. El único superviviente. El macho alfa.
Tuve la desgracia de nacer en una familia cristiana, apostólica y romana. Clase media acomodada y subnormalizada por el trabajo y el dinero. Aqui y ahora, en un auto choque de feria, soy el máximo perdedor. No llevo tatuajes, mi piel es blanca como el protector solar que mi madre se ha encarga de untarme cada día que vamos a la playa, no llevo dientes de oro, ni chapas ni collares. Soy un burgués enclenque y cobarde, criado entre algodónes de azúcar y jarabes para la tos. Maldigo mi raza por no ser siquiera una raza. Maldigo mi árbol genealógico por crecer en un jardincito de flores. Ahora necesito furia, nervio, duende y una navaja cabritera.... pero en cambio sólo tengo miedo y unas inmensas ganas de volver a casa a jugar con mis juguetes. La chica salvaje no me mira. Los chicos salvajes no paran de mirarme; han escogido la presa y voy a morir ametrallado por sus autos de choque. Pero yo he venido aquí a luchar y a llevarme mi premio, aunque me cueste la vida.
Intento no pensar en el peligro. Sueño con tunear mi propio auto de choque: Fuego purpura , calaveras que lanzan puñales por lo ojos, un volante con piel de serpiente, alerones plateados y un spoiler cromado que advierte a los incautos de que van a morir.
Como en Mauthausen, suena una sirena y empieza la conducción.
Golpes certeros, golpes frontales prohibidos desde que se invento la feria; golpes bajos, golpes demasiado fuertes, golpes de pánico y golpes de ridículo. Ganas de llorar y escapar. ¡Dios! ¡Jesusito! ¿Mama? Tengo que ser fuerte. Los quinquis me aprisionan y se burlan de mí. Me cosen a golpes. Me quedo bloqueado en una esquina y algunos me escupen desde sus coches. Se cachondean, me señalan y me humillan. La chica me mira de reojo y se ríe con mis verdugos.
Suena la sirena. Y escapó del maldito lugar. Debería estar contento. Sigo vivo y no me persiguen.
Camino a toda prisa hacía mi casa. Respiró fuerte, aprieto los dientes, aprieto el culo y aprieto el corazón. Pero sobretodo, con fuerza desesperada, aprieto dentro de mi bolsillo, la ficha que aún me queda por gastar.
Una oronda taquillera desganada me escupe un par de fichas a cambio de toda mi semanada. Las piernas me tiemblan y algunos quillos ocupan sus posiciones...
Como no podía ser de otra maneran en esta historia hay una chica. Una chica de belleza bestial. La promesa de un mundo salvaje, lleno de aventuras y amor. Ella se codea con la flora y nata del quillerio nacional. Ella es la responsable de que los salvajes cometan las atrocidades más feroces. Ella es la culpable de que todos estemos allí dando lo mejor de nosotros. Su sonrisa es el premio. Un premio que solamente consigue el máximo ganador. El único superviviente. El macho alfa.
Tuve la desgracia de nacer en una familia cristiana, apostólica y romana. Clase media acomodada y subnormalizada por el trabajo y el dinero. Aqui y ahora, en un auto choque de feria, soy el máximo perdedor. No llevo tatuajes, mi piel es blanca como el protector solar que mi madre se ha encarga de untarme cada día que vamos a la playa, no llevo dientes de oro, ni chapas ni collares. Soy un burgués enclenque y cobarde, criado entre algodónes de azúcar y jarabes para la tos. Maldigo mi raza por no ser siquiera una raza. Maldigo mi árbol genealógico por crecer en un jardincito de flores. Ahora necesito furia, nervio, duende y una navaja cabritera.... pero en cambio sólo tengo miedo y unas inmensas ganas de volver a casa a jugar con mis juguetes. La chica salvaje no me mira. Los chicos salvajes no paran de mirarme; han escogido la presa y voy a morir ametrallado por sus autos de choque. Pero yo he venido aquí a luchar y a llevarme mi premio, aunque me cueste la vida.
Intento no pensar en el peligro. Sueño con tunear mi propio auto de choque: Fuego purpura , calaveras que lanzan puñales por lo ojos, un volante con piel de serpiente, alerones plateados y un spoiler cromado que advierte a los incautos de que van a morir.
Como en Mauthausen, suena una sirena y empieza la conducción.
Golpes certeros, golpes frontales prohibidos desde que se invento la feria; golpes bajos, golpes demasiado fuertes, golpes de pánico y golpes de ridículo. Ganas de llorar y escapar. ¡Dios! ¡Jesusito! ¿Mama? Tengo que ser fuerte. Los quinquis me aprisionan y se burlan de mí. Me cosen a golpes. Me quedo bloqueado en una esquina y algunos me escupen desde sus coches. Se cachondean, me señalan y me humillan. La chica me mira de reojo y se ríe con mis verdugos.
Suena la sirena. Y escapó del maldito lugar. Debería estar contento. Sigo vivo y no me persiguen.
Camino a toda prisa hacía mi casa. Respiró fuerte, aprieto los dientes, aprieto el culo y aprieto el corazón. Pero sobretodo, con fuerza desesperada, aprieto dentro de mi bolsillo, la ficha que aún me queda por gastar.
lunes, 22 de junio de 2009
Los Gritos (microrelato romántico 1)
Se levantó como cada día pero engañó a su mujer y a su hijo diciéndoles que iba a trabajar. Cogió el coche y se marchó a la costa. En aquellas fechas todavía no había nadie. Algún jubilado haciendo footing, algún parado paseando a un perro... Se sentó frente al mar y se encendió un cigarrillo. Cuando lo terminó se desnudó por completo y se metió en el agua. Se sumergió en las profundidades del mar y empezó a gritar como si estuviera loco. En el agua nadie podía oír sus gritos...Salió a la superficie para coger aire y luego volvió a meter la cabeza para seguir gritando. Gritó y gritó hasta que se quedó sin aliento. Su ritmo cardiáco bombeaba la sangre mucho más rápido de lo normal. Pensó en un ataque al corazón, en su entierro, en su mujer y sus hijos de luto llorando ante su tumba. Se sumergió y volvió a gritar de nuevo.
Salió del agua y se vistió rápidamente. Comió solo en un pequeño restaurante frente al mar y se fué a la oficina a trabajar.
Por la noche llegó a casa.
Su mujer le esperaba desde hacía rato sentada en una silla en el centro del comedor. La observó. Era evidente que había llorado.
¿Por qué nos engañas?
¿Dónde has estado?
Acorralado y muerto de vergüenza optó por decir la verdad: - Algunas mañanas voy a la playa y sumergido bajo el agua grito hasta la extenuación. Me hace sentir mejor.-
¿Y por qué nunca me lo has contado?
Tenía miedo de que no me entendieras o que... Ella le interrumpió: -Mañana quiero ir contigo.- Él le dijo que no le parecía una idea... Ella le interrumpió otra vez: - Mañana quiero ir contigo.-
Por la noche durmieron cogidos de la mano. A la mañana siguiente llevaron a su hijo a la escuela y conducieron hasta la costa. El mar estaba embravecido y hacía muchísimo frío. -Podríamos dejarlo para otro día - le dijo él, pero ella se quitó la ropa y se metió en el agua. Él se quedó paralizado, pero al final reaccionó, se desvistió y entró en el agua con su mujer. Se zambulleron y gritaron como si les fuera la vida en ello. Aquello era genial pero... -¿Por qué gritamos bajo el agua? - Preguntó ella, sin apenas fuelle en la voz. - ¿Y Por qué no podemos gritar fuera del agua?- Él no supo muy bien que contestar. Le dijo que de esa manera nadie se enteraba... pero ella le interrumpió con un grito. Un grito que rompió el cielo.
Aquello le impactó. Ella le miraba desafiante a los ojos... Se dió cuenta que tenía razón y empezó a gritar. Ambos gritaron absolutamente poseídos por el momento; retro-alimentados por sus propios chillidos, sacaron del fondo de su ser, todo el odio, el resentimiento y el miedo acumulados durante toda una vida.
Cuando los policías hubieron confirmado su documentación les pidieron también que no volvieran a asustar a la gente y les recordaron que estaba prohibido bañarse desnudo en esa playa. La policía les increpó que a su edad era un poco ridículo que andarán por ahí haciendo el gamberro. Uno de los vigilantes de la costa les advirtió de lo grave que puede ser una falsa alarma y que era su obligación recordarles que siempre había gente velando por la seguridad de los bañistas y que aquel accidente era de muy mal gusto a la par que peligroso y molesto.
Volvieron a casa, callados en el coche, no sin antes ir a buscar a su hijo a la escuela. Cenaron mientras el benjamín de la familia les contaba risueño lo que había aprendido en la escuela: el mapa de Europa y la regla de tres.
Por la noche, en el dormitorio, mientras el niño dormía se empezaron a reír del accidente en la playa. Luego se empezaron a besar. Se tocaron como si fueran nuevos el uno para el otro. Y luego hicieron el amor, como hacía tiempo que no lo hacían. Aunque como su hijo dormía en la habitación contigua, tuvieron que reprimir sus gritos apasionados.
Salió del agua y se vistió rápidamente. Comió solo en un pequeño restaurante frente al mar y se fué a la oficina a trabajar.
Por la noche llegó a casa.
Su mujer le esperaba desde hacía rato sentada en una silla en el centro del comedor. La observó. Era evidente que había llorado.
¿Por qué nos engañas?
¿Dónde has estado?
Acorralado y muerto de vergüenza optó por decir la verdad: - Algunas mañanas voy a la playa y sumergido bajo el agua grito hasta la extenuación. Me hace sentir mejor.-
¿Y por qué nunca me lo has contado?
Tenía miedo de que no me entendieras o que... Ella le interrumpió: -Mañana quiero ir contigo.- Él le dijo que no le parecía una idea... Ella le interrumpió otra vez: - Mañana quiero ir contigo.-
Por la noche durmieron cogidos de la mano. A la mañana siguiente llevaron a su hijo a la escuela y conducieron hasta la costa. El mar estaba embravecido y hacía muchísimo frío. -Podríamos dejarlo para otro día - le dijo él, pero ella se quitó la ropa y se metió en el agua. Él se quedó paralizado, pero al final reaccionó, se desvistió y entró en el agua con su mujer. Se zambulleron y gritaron como si les fuera la vida en ello. Aquello era genial pero... -¿Por qué gritamos bajo el agua? - Preguntó ella, sin apenas fuelle en la voz. - ¿Y Por qué no podemos gritar fuera del agua?- Él no supo muy bien que contestar. Le dijo que de esa manera nadie se enteraba... pero ella le interrumpió con un grito. Un grito que rompió el cielo.
Aquello le impactó. Ella le miraba desafiante a los ojos... Se dió cuenta que tenía razón y empezó a gritar. Ambos gritaron absolutamente poseídos por el momento; retro-alimentados por sus propios chillidos, sacaron del fondo de su ser, todo el odio, el resentimiento y el miedo acumulados durante toda una vida.
Cuando los policías hubieron confirmado su documentación les pidieron también que no volvieran a asustar a la gente y les recordaron que estaba prohibido bañarse desnudo en esa playa. La policía les increpó que a su edad era un poco ridículo que andarán por ahí haciendo el gamberro. Uno de los vigilantes de la costa les advirtió de lo grave que puede ser una falsa alarma y que era su obligación recordarles que siempre había gente velando por la seguridad de los bañistas y que aquel accidente era de muy mal gusto a la par que peligroso y molesto.
Volvieron a casa, callados en el coche, no sin antes ir a buscar a su hijo a la escuela. Cenaron mientras el benjamín de la familia les contaba risueño lo que había aprendido en la escuela: el mapa de Europa y la regla de tres.
Por la noche, en el dormitorio, mientras el niño dormía se empezaron a reír del accidente en la playa. Luego se empezaron a besar. Se tocaron como si fueran nuevos el uno para el otro. Y luego hicieron el amor, como hacía tiempo que no lo hacían. Aunque como su hijo dormía en la habitación contigua, tuvieron que reprimir sus gritos apasionados.
sábado, 13 de junio de 2009
reflexión mortal
Desde pequeño me alejaron de un montón de cosas que luego resultaron ser las mejores: Sexo, vicios, drogas, rock and roll... Espero que con el tema de la muerte acabe pasando lo mismo...
martes, 2 de junio de 2009
el sentido de la vida
Una noche, acostada a mi lado con su eterna sonrisa, Marta me dijo la siguiente frase:- "Cuando haya una hecatombe y se acabé el mundo, al final, sólo quedará un helado de fresa, un helado de nata y un helado de piña."- Luego, sonrío y se escondió tímida y divertida en mi regazo.En realidad, es una frase que no he logrado entender del todo pero tiene la particularidad de aparecer en mi cabeza cuando las cosas no van del todo bien. Me hace sonreír, me recuerda que el mundo es un absurdo y gigantesco sinsentido y que al final… bueno, al final sólo quedará un helado de fresa, uno de nata y uno de piña.
lunes, 1 de junio de 2009
argh!!!
¿Qué? ¿Qué quieres? ¡Dime! ¿Qué mierda quieres? Vienes a buscarme sin falta todos los putos Domingos... Oigo como te acercas con tu traje de cacerolas, arañando la pared, arrollando todo lo que se te interpone por el camino.
Soy tu víctima.
Te alimentas de mi miedo y de mi cansancio. Llenas mi esternón de hielo, inhalas mi oxígeno y luego me aprietas el cuello hasta que no oigo mi voz. Deja de contarme que soy un gusano. Un don nadie que tiene todo perdido. Deja de llamarme viejo e inútil y no me muestres el día de mañana como algo imposible de superar.
¡Vete! ¡Muérete! ¡No pienso ser tu mártir!
Conjuro a todas las fuerzas elementales del universo, a la fuerza que hay dentro de mí y a la clemencia del destino para que me ayuden a desterrarte, a pisotearte y a arrancarte el corazón. ¡Maldita angustia dominguera! No me comas vivo. Te lo suplico.
Soy tu víctima.
Te alimentas de mi miedo y de mi cansancio. Llenas mi esternón de hielo, inhalas mi oxígeno y luego me aprietas el cuello hasta que no oigo mi voz. Deja de contarme que soy un gusano. Un don nadie que tiene todo perdido. Deja de llamarme viejo e inútil y no me muestres el día de mañana como algo imposible de superar.
¡Vete! ¡Muérete! ¡No pienso ser tu mártir!
Conjuro a todas las fuerzas elementales del universo, a la fuerza que hay dentro de mí y a la clemencia del destino para que me ayuden a desterrarte, a pisotearte y a arrancarte el corazón. ¡Maldita angustia dominguera! No me comas vivo. Te lo suplico.
jueves, 28 de mayo de 2009
lunes, 18 de mayo de 2009
las tres revelaciones (3 de 3)

Con apenas cinco años, estoy en mi habitación jugando con algunos clicks de famóbil. He descubierto que les puedo cambiar las cabezas y eso es una señal inequívoca de que aquellos muñequitos empiezan a cansarme. Pronto empezaré a probar cosas como lanzarlos por la ventana, meterlos en el horno o quemarlos con alcohol de farmacia. Un niño puede ser muy cruel cuando un juguete le aburre. Y es en ese estado de aburrimento cuando entro en el dormitorio de mis padres a ver si algo me distra... ¡Ups! Mi madre se está vistiéndo. Lleva unas braguitas y un camisón de dormir. - ¡Anda, vete, que me estoy cambiando y tengo prisa! - me dice con cariño. Pero yo no me muevo ni un milímetro, mis pies y mis ojos están atrapados en el hormigón de la curiosidad. Mi madre es una joven de unos treinta años, dulce y maravillosa. Su silueta es acariciada por un halo de luz blanca que entra por la ventana... - ¡Va! ¡Vete a jugar !- me dice - que tu madre tiene mucha prisa -
En el fondo quiero hacerle caso pero en la forma es imposible; estoy atrapado. Algo ocurre allí y ese algo merece ser descubierto por mi incansable curiosidad infantil.
Decido no moverme. Supongo que mi madre entiende que no es bueno ocultar nada y detrás de una lucha terrible, entre su educación judio cristiana-represiva y el devenir liberal de los 70, acaba optando por esa pequeña vena progresista que tantas veces esconde y de un sólo gesto y sin avisar se quita el camisón dejando sus senos al descubierto.
Aquello me coge, mejor dicho, me sobrecoge por sorpresa. Bueno, la verdad, siendo sincero, aquello me golpea por sorpresa. Un “uppercut” de órdago me levanta a tres mil metros del suelo y luego me deja suavemente sobre mis temblorosas piernas en la habitación de mi madre.
Yo no he visto nunca a una mujer desnuda. Ni he sentido curiosidad por una mujer desnuda. En aquella época la televisión es muy distinta: Las chicas con bikini tienen dos rombos (señal que advierte que aquel programa o película contiene imágenes "hirientes" para mí.) En los quioscos no hay miles de portadas de revistas cachondas y cuando voy a la playa… pues… no existe el top-less y sinceramente, con cinco años, estoy ocupado en bañarme y jugar...
Pero, siendo sinceros, no es sólo la visión de una mujer desnuda lo que traumatiza mi inocencia. Lo que me impacta es que mi madre se sienta incomoda y avergonzada de enseñarme sus pequeños senos rosados y que yo me sienta incómodo de observarlos. ¿Por qué me late tan fuerte el corazón? Salgo corriendo del dormitorio y me entierro bajo las sábanas de mi cama, mientras agarro con inusitada fuerza el cuerpecillo de un clic decapitado. La imagen de los pezones rosados de mi madre persiste en mi cerebro como si hubiera mirado al sol con los ojos completamente abiertos. Estoy muerto de vergüenza y me siento culpable por una situación que no entiendo. Todas aquellas sensaciones, incluido un tirón en la columna vertebral, y un cosquilleo en el pipí son nuevas para mí. Si hubiera estudiado a Freud en el parvulario, ahora podría entender muchas cosas, pero como no soy más que un pobre e ignorante prepuber decido ir a la cocina y reventarme a comer galletas. Me subo al típico taburete que no sirve para subirse y cuando ya casi tengo las galletas en mi posesión, el taburete se tuerce y me caigo al suelo dándome un tremendo batacazo en la cabeza.
Mi madre entra corriendo y asustada me coge en su regazo. Ahora está vestida y mi cabeza reposa en sus senos que simplemente se me antojan maternales, cálidos y conocidos. Cierro los ojos. Mi madre me dice cariñosamente:-¡Qué día más tontito tienes hoy, no?- Pero yo no la escucho, sólo estoy pensando en cuerpos desnudos: mi profesora de plástica desnuda, mis compañeras de parvulario desnudas, la monitora de catequesis desnuda, la vecina de la puerta de enfrente desnuda, mis sobrina de Sant Feliu desnuda, la presentadora del telediario desnuda, Teresa Rabal desnuda, Ana de Enrique y Ana desnuda, las chicas del grupo Parchís desnudas, desnudas, desnudas, desnudas....
En el fondo quiero hacerle caso pero en la forma es imposible; estoy atrapado. Algo ocurre allí y ese algo merece ser descubierto por mi incansable curiosidad infantil.
Decido no moverme. Supongo que mi madre entiende que no es bueno ocultar nada y detrás de una lucha terrible, entre su educación judio cristiana-represiva y el devenir liberal de los 70, acaba optando por esa pequeña vena progresista que tantas veces esconde y de un sólo gesto y sin avisar se quita el camisón dejando sus senos al descubierto.
Aquello me coge, mejor dicho, me sobrecoge por sorpresa. Bueno, la verdad, siendo sincero, aquello me golpea por sorpresa. Un “uppercut” de órdago me levanta a tres mil metros del suelo y luego me deja suavemente sobre mis temblorosas piernas en la habitación de mi madre.
Yo no he visto nunca a una mujer desnuda. Ni he sentido curiosidad por una mujer desnuda. En aquella época la televisión es muy distinta: Las chicas con bikini tienen dos rombos (señal que advierte que aquel programa o película contiene imágenes "hirientes" para mí.) En los quioscos no hay miles de portadas de revistas cachondas y cuando voy a la playa… pues… no existe el top-less y sinceramente, con cinco años, estoy ocupado en bañarme y jugar...
Pero, siendo sinceros, no es sólo la visión de una mujer desnuda lo que traumatiza mi inocencia. Lo que me impacta es que mi madre se sienta incomoda y avergonzada de enseñarme sus pequeños senos rosados y que yo me sienta incómodo de observarlos. ¿Por qué me late tan fuerte el corazón? Salgo corriendo del dormitorio y me entierro bajo las sábanas de mi cama, mientras agarro con inusitada fuerza el cuerpecillo de un clic decapitado. La imagen de los pezones rosados de mi madre persiste en mi cerebro como si hubiera mirado al sol con los ojos completamente abiertos. Estoy muerto de vergüenza y me siento culpable por una situación que no entiendo. Todas aquellas sensaciones, incluido un tirón en la columna vertebral, y un cosquilleo en el pipí son nuevas para mí. Si hubiera estudiado a Freud en el parvulario, ahora podría entender muchas cosas, pero como no soy más que un pobre e ignorante prepuber decido ir a la cocina y reventarme a comer galletas. Me subo al típico taburete que no sirve para subirse y cuando ya casi tengo las galletas en mi posesión, el taburete se tuerce y me caigo al suelo dándome un tremendo batacazo en la cabeza.
Mi madre entra corriendo y asustada me coge en su regazo. Ahora está vestida y mi cabeza reposa en sus senos que simplemente se me antojan maternales, cálidos y conocidos. Cierro los ojos. Mi madre me dice cariñosamente:-¡Qué día más tontito tienes hoy, no?- Pero yo no la escucho, sólo estoy pensando en cuerpos desnudos: mi profesora de plástica desnuda, mis compañeras de parvulario desnudas, la monitora de catequesis desnuda, la vecina de la puerta de enfrente desnuda, mis sobrina de Sant Feliu desnuda, la presentadora del telediario desnuda, Teresa Rabal desnuda, Ana de Enrique y Ana desnuda, las chicas del grupo Parchís desnudas, desnudas, desnudas, desnudas....
miércoles, 13 de mayo de 2009
viernes, 8 de mayo de 2009
cocaína
Resulta que los grandes sueños sólo son pequeñas pesadillas.
Que Diana no acierta en el centro.
Que la música ensordecedora son compases programados.
Que el marisco es un cangrejo muerto.
Que las grandes ciudades a lo lejos son pueblos a lo cerca.
Que el vino más caro sabe al vino de siempre.
Que las prostitutas fingen que les gusta el dinero.
Que las mansiones son las casas de otro barrio.
Y que el descontrol es el fruto de la desesperación
Más
al final,
lo grande es lo más pequeño.
Y lo pequeño es lo de siempre.
Fingir agarrado al vaso de un cubata se convierte en un deporte.
Y el amor supremo se convierte en super memo.
El futuro pronto será el pasado
y...
Habrá que cuidarse, relajarse, entenderse y quererse.
No habrá sorpresas ni mayúsculas.
Ni metáforas excepcionales.
Sólo castillos de arena que se lleva el mar
para siempre.
Que Diana no acierta en el centro.
Que la música ensordecedora son compases programados.
Que el marisco es un cangrejo muerto.
Que las grandes ciudades a lo lejos son pueblos a lo cerca.
Que el vino más caro sabe al vino de siempre.
Que las prostitutas fingen que les gusta el dinero.
Que las mansiones son las casas de otro barrio.
Y que el descontrol es el fruto de la desesperación
Más
al final,
lo grande es lo más pequeño.
Y lo pequeño es lo de siempre.
Fingir agarrado al vaso de un cubata se convierte en un deporte.
Y el amor supremo se convierte en super memo.
El futuro pronto será el pasado
y...
Habrá que cuidarse, relajarse, entenderse y quererse.
No habrá sorpresas ni mayúsculas.
Ni metáforas excepcionales.
Sólo castillos de arena que se lleva el mar
para siempre.
martes, 5 de mayo de 2009
más dificil todavía
Escribir la biblia en el canto de una moneda.
Practicar sexo anal con un cactus.
Limpiar letrinas con la lengua.
Escalar el Everest a pata coja y con las manos
atadas a la espalda.
Ducharse con cola de impacto.
Mear cristales de bohemia.
Dormir en una cama con escorpiones.
Dejarse follar por un rinoceronte.
Comer tres platos de caca.
Lavarse los ojos con zumo de limón.
Meterse un zapato por la nariz y sacarlo por la boca.
Trabajar en el Mc. Donald´s de Rambla Catalunya.
Comerse a lo vivo la mano derecha.
Arrancarse los pelos de la cabeza uno a uno.
Escuchar de un tirón todos los discos de Bruce Springsteen.
Hacer gárgaras con lejía.
Lamer los enchufes.
Meter la cabeza en una freidora.
y lo peor:
amar a alguien que no te corresponde.
Practicar sexo anal con un cactus.
Limpiar letrinas con la lengua.
Escalar el Everest a pata coja y con las manos
atadas a la espalda.
Ducharse con cola de impacto.
Mear cristales de bohemia.
Dormir en una cama con escorpiones.
Dejarse follar por un rinoceronte.
Comer tres platos de caca.
Lavarse los ojos con zumo de limón.
Meterse un zapato por la nariz y sacarlo por la boca.
Trabajar en el Mc. Donald´s de Rambla Catalunya.
Comerse a lo vivo la mano derecha.
Arrancarse los pelos de la cabeza uno a uno.
Escuchar de un tirón todos los discos de Bruce Springsteen.
Hacer gárgaras con lejía.
Lamer los enchufes.
Meter la cabeza en una freidora.
y lo peor:
amar a alguien que no te corresponde.
viernes, 1 de mayo de 2009
supervago

Me levanté porque estaba harto de dormir. Me dio mucho pereza ducharme y me eché en la cama. Al cabo de tres semanas sonó el móvil. Pero no contesté. Aún no había hablado conmigo mismo ¿cómo iba a hablar con los demás? Tenía hambre pero la nevera estaba vacía porque me había dado pereza ir al supermercado y hacer cola. Además, antes tenía que ir al cajero y eso sí que me daba auténtico palo. Me comí las migajas de unas patatas fritas que alguien había comprado y miré por la ventana. Se estaba bien. El aire de las 13h en el patio interior de una escalera es de lo más saludable.
Enseguida me cansé y me volví a echar en la cama. Treinta y dos horas después sentí cierta intranquilidad por no hacer nada. Me levanté y puse una canción en la microcadena pero no la escuché toda. Abrí la nevera y comí una loncha de queso seca que alguien había comprado. Fui al baño y mientras meaba sonó el teléfono. O una cosa o la otra. Acabé de mear y miré la llamada perdida. Los pesados del curro llevaban cientos, ¡qué digo cientos! ¡¡¡miles!!! de horas trabajando. La mayoría iban drogados de café y azúcar de bollería. Pensé en llamarles en una hora cuando estuviera un poco más lúcido y ellos más cansados.
Hojeé una revista y me acosté en la cama. Cerré los ojos. Dieciocho años más tarde volvió a sonar mi móvil. Sería mi chica o mi mejor amigo o mi padre y mi madre al mismo tiempo, no supe qué hacer y lo cogí. Eran los del trabajo. Querían saber si aceptaba dar unas clases en la Universidad. Les dije que estaba muy ocupado y que vería qué hacer. Insistieron. Les dije que lo pensaría y que les llamaría el... el.... el jueves, ¡NO! mejor el viernes y les colgué con la excusa de que no tenía cobertura y no entendía nada de lo que decían. Fui al baño. Allí pensé cómo olvidar todo aquello. En el baño se estaba bien. Sentado apaciblemente con un montón de tiempo para uno mismo. Dos horas más tarde me puse el pijama y me metí en la cama a leer pero se me cerraban los ojos. Dormí un par de horas con la luz encendida y luego, sonámbulo, me levanté a apagarla para volver a dormir en la más reconfortante oscuridad.
Enseguida me cansé y me volví a echar en la cama. Treinta y dos horas después sentí cierta intranquilidad por no hacer nada. Me levanté y puse una canción en la microcadena pero no la escuché toda. Abrí la nevera y comí una loncha de queso seca que alguien había comprado. Fui al baño y mientras meaba sonó el teléfono. O una cosa o la otra. Acabé de mear y miré la llamada perdida. Los pesados del curro llevaban cientos, ¡qué digo cientos! ¡¡¡miles!!! de horas trabajando. La mayoría iban drogados de café y azúcar de bollería. Pensé en llamarles en una hora cuando estuviera un poco más lúcido y ellos más cansados.
Hojeé una revista y me acosté en la cama. Cerré los ojos. Dieciocho años más tarde volvió a sonar mi móvil. Sería mi chica o mi mejor amigo o mi padre y mi madre al mismo tiempo, no supe qué hacer y lo cogí. Eran los del trabajo. Querían saber si aceptaba dar unas clases en la Universidad. Les dije que estaba muy ocupado y que vería qué hacer. Insistieron. Les dije que lo pensaría y que les llamaría el... el.... el jueves, ¡NO! mejor el viernes y les colgué con la excusa de que no tenía cobertura y no entendía nada de lo que decían. Fui al baño. Allí pensé cómo olvidar todo aquello. En el baño se estaba bien. Sentado apaciblemente con un montón de tiempo para uno mismo. Dos horas más tarde me puse el pijama y me metí en la cama a leer pero se me cerraban los ojos. Dormí un par de horas con la luz encendida y luego, sonámbulo, me levanté a apagarla para volver a dormir en la más reconfortante oscuridad.
ilustración de M.B.
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