lunes, 7 de junio de 2010
martes, 1 de junio de 2010
Cuentos Infantiles:- Como evitar que te piquen los mosquitos.
Por la noche me pica. A traición. Escozor. Empiezo a rascarme insistentemente hasta que consigo que además de que me pique encima me duela. Doy vueltas en la cama hasta que la molestia gana a la pereza y finalmente me levanto para ponerme una pomada. Llego a la habitación y me duermo sentado, mientras intento cazar con la mirada a mi diminuto enemigo.
A la mañana siguiente miro mi maltrecho brazo y mi maltrecho tobillo y mi maltrecho cuello, todos con el hinchazón característico. Un Conde Drácula de tamaño milimétrico se ha pegado un banquete de postal y eso pica. Pica hasta el hueso. Maldito mosquito cabrón.
De repente, a lo lejos, delatado por el blanco nuclear de mi pared: una peca, un acento, un bultito negro. ¡Sí! ¡Allí está! El pequeño insecto vampírico que tiene que morir. ¡Acabaré contigo chupasangres del demonio! Zapatilla en mano me acerco con prudencia a la pared. Se trata de una cuestión de vida o muerte. Levanto la zapatilla, tenso mi mirada, respiro hondo y... se me ocurre una idea.
Voy a la cocina, cojo un vaso y tapo el mosquito contra la pared. El mosquito se asusta y se queda dentro el vaso que ahora tapo con la mano. Me acerco a la ventana y antes de sacar la mano le digo en voz alta:
- ¡Te perdono, no voy a matarte, vuela y disfruta de una nueva oportunidad!- Saco la mano y el mosquito vuela libre. Creo que antes de perderlo de vista me lanza una mirada de agradecimiento. Seguro que esta llorando. Luego cierro la ventana. Me siento en el sofá. Me rasco el brazo. Lo sé, lo sé... lo he dejado escapar con la barriga hasta los topes de mi propia sangre, pero me siento bien. He vencido a mi instinto asesino. He parado la guerra. Pero no me juzguen mal. No soy un hombre de moral correcta, ni pacifista, ni siquiera ecologista. A mi los animales no me preocupan nada (no me importa comerme una hamburguesa sangrante de ternerita gallega o un plato de pescadito de tamaño ilegal, de echo, si pudiera me tomaría unas tostaditas con paté de hígado de ballena azul). Lo mío no es amor por la madre naturaleza... no, lo mio es una estrategia digna de un jefazo de márketing del Carrefur. El plan es el siguiente: mi mosquito llega a su casa y cuenta su emocionante historia. ¿Eh? Claro que la cuenta. ¿Si alguien te hubiera salvado la vida no lo contarías al llegar a tu casa? Pues eso, entonces, la historia pasa de boca a oreja en el mundo de los mosquitos y se extiende como la pólvora (este texto es sólo una excusa para usar esta expresión). En poco tiempo todos los mosquitos saben que le he perdonado la vida y piensan que soy un tipo especial, un santo, una especie de mesías al que hay que respetar. Puede que vuelva a ver mosquitos en mi casa pero no vienen a chuparme la sangre sino a honrarme y a cerciorarse de que soy de verdad, una leyenda viva que ha cambiado la relación entre hombres y mosquitos, un paso adelante hacía la comunión de todas las especies. Eso, y el insecticida mortal con el que he fumigado mi habitación, impide con seguridad que los muy desgraciados vuelvan a hacerme ningún daño.
A la mañana siguiente miro mi maltrecho brazo y mi maltrecho tobillo y mi maltrecho cuello, todos con el hinchazón característico. Un Conde Drácula de tamaño milimétrico se ha pegado un banquete de postal y eso pica. Pica hasta el hueso. Maldito mosquito cabrón.
De repente, a lo lejos, delatado por el blanco nuclear de mi pared: una peca, un acento, un bultito negro. ¡Sí! ¡Allí está! El pequeño insecto vampírico que tiene que morir. ¡Acabaré contigo chupasangres del demonio! Zapatilla en mano me acerco con prudencia a la pared. Se trata de una cuestión de vida o muerte. Levanto la zapatilla, tenso mi mirada, respiro hondo y... se me ocurre una idea.
Voy a la cocina, cojo un vaso y tapo el mosquito contra la pared. El mosquito se asusta y se queda dentro el vaso que ahora tapo con la mano. Me acerco a la ventana y antes de sacar la mano le digo en voz alta:
- ¡Te perdono, no voy a matarte, vuela y disfruta de una nueva oportunidad!- Saco la mano y el mosquito vuela libre. Creo que antes de perderlo de vista me lanza una mirada de agradecimiento. Seguro que esta llorando. Luego cierro la ventana. Me siento en el sofá. Me rasco el brazo. Lo sé, lo sé... lo he dejado escapar con la barriga hasta los topes de mi propia sangre, pero me siento bien. He vencido a mi instinto asesino. He parado la guerra. Pero no me juzguen mal. No soy un hombre de moral correcta, ni pacifista, ni siquiera ecologista. A mi los animales no me preocupan nada (no me importa comerme una hamburguesa sangrante de ternerita gallega o un plato de pescadito de tamaño ilegal, de echo, si pudiera me tomaría unas tostaditas con paté de hígado de ballena azul). Lo mío no es amor por la madre naturaleza... no, lo mio es una estrategia digna de un jefazo de márketing del Carrefur. El plan es el siguiente: mi mosquito llega a su casa y cuenta su emocionante historia. ¿Eh? Claro que la cuenta. ¿Si alguien te hubiera salvado la vida no lo contarías al llegar a tu casa? Pues eso, entonces, la historia pasa de boca a oreja en el mundo de los mosquitos y se extiende como la pólvora (este texto es sólo una excusa para usar esta expresión). En poco tiempo todos los mosquitos saben que le he perdonado la vida y piensan que soy un tipo especial, un santo, una especie de mesías al que hay que respetar. Puede que vuelva a ver mosquitos en mi casa pero no vienen a chuparme la sangre sino a honrarme y a cerciorarse de que soy de verdad, una leyenda viva que ha cambiado la relación entre hombres y mosquitos, un paso adelante hacía la comunión de todas las especies. Eso, y el insecticida mortal con el que he fumigado mi habitación, impide con seguridad que los muy desgraciados vuelvan a hacerme ningún daño.
viernes, 28 de mayo de 2010
miércoles, 19 de mayo de 2010
BMW
El sueño es muy real. Estoy en un prado verde, de proporciones gigantescas, vestido de traje de faralaes. En mi mano derecha llevo un cubo de Rubik y en la izquierda, Pipo, el osito de peluche que dormía conmigo en mi infancia, el muy maldito, insiste en roerme los dedos hasta los huesos. A lo lejos, casi cegado por el sol, entre la hierba mecida por el viento, vislumbro la elegante silueta de una misteriosa chica. Me acerco corriendo con grandes dificultades, las botas de buzo que llevo puestas no facilitan nada la carrera, y angustiado la pierdo de vista. Al poco, oigo su risa en otra dirección, la veo a lo lejos, corro tras ella como un poseso arrastrando el plomo con todas mis fuerzas y cuando estoy a punto de darle alcance, vuelve a desaparecer. Ahora estoy en una playa salvaje. Las olas rompen violentadas contra la orilla. Un grupo de cobayas arlequines surfean de maravilla, mientras el Inspector Gadget les hace fotos. Otra vez, advierto a lo lejos la figura danzante de la chica. Su ropa ondea al viento, dibujando volutas barrocas. Me acerco por la espalda y ella se gira. Es la chica de mis sueños. Su cara es una combinación letal de mujeres adorables. En ella reconozco la cara de mi propio ser femenino, a mi madre y a mis amantes junto con las caras de todas las mujeres que he deseado. Todo equilibrado en un rostro imposible de recordar. Aunque por un momento creo verla idéntica a Raffaella Carrà. ¡Joder con mi subconsciente! Pipo, el osito de mi infancia, me muerde con todas sus fuerzas, así que lo lanzo al suelo y le piso la cabeza hasta que su relleno de goma espuma y macarrones de menú escolar se esparcen por el suelo. La chica de mis sueños coge mi cubo de Rubik, le da tres vueltas y me lo devuelve. Ahora el cubo es todo de color rosa-fucsia-flúor. Un color que nunca había visto antes. Mientras me conmuevo hasta el llanto con su demostración, ella me coge de la mano y me arrastra disparado por un bosque de lencería hasta un espiral de lenguas y lentejuelas doradas. Finalmente llegamos a una carretera donde se encuentra un coche aparcado. Un coche precioso. Entramos dentro. Es confortable y huele a nuevo.
Ella, se acerca y me besa dulcemente. Su beso me produce sensaciones que pensaba que había olvidado. Es infantil y a la vez obsceno, una mezcla de los besos que he adorado y de los besos que nunca me han dado. Me enamoro absolutamente. Me da las llaves del coche, le doy al contacto, el coche ronronea y arranca suavemente. Conduzco con facilidad, deslizándome por la carretera como el rocío por la cara de una hoja, o la mano de una madre en la espalda de su bebé o la lengua caliente por la nalgas de una virgen, o la maleable mantequilla por encima de una tostada... Entregado, a las metáforas de baja estofa, me siento feliz. ¡Qué digo? ¡Soy feliz! Ella me habla por primera vez: - Nuevo BMW 320d. Disfruta de sus 163 caballos de potencia con un consumo promedio de 4,1 litros cada 100 kilómetros desde 30.400 euros o por 275 euros al mes.- Me quedo pasmado. ¿Qué está diciendo? Ella me inyecta su mirada y dice: -¿Te gusta conducir? -
De repente, despierto. Estoy en la cama, en mi habitación, bautizado de sudor. Miro el reloj, son las 5 de la mañana. Mi corazón palpita a puñetazos. Aprieto mis sienes y sacudo la cabeza. ¡Maldita publicidad! ¡Hijos de puta! Alguien a vuelto a colar un anuncio en mis sueños. ¿Será posible?
Ella, se acerca y me besa dulcemente. Su beso me produce sensaciones que pensaba que había olvidado. Es infantil y a la vez obsceno, una mezcla de los besos que he adorado y de los besos que nunca me han dado. Me enamoro absolutamente. Me da las llaves del coche, le doy al contacto, el coche ronronea y arranca suavemente. Conduzco con facilidad, deslizándome por la carretera como el rocío por la cara de una hoja, o la mano de una madre en la espalda de su bebé o la lengua caliente por la nalgas de una virgen, o la maleable mantequilla por encima de una tostada... Entregado, a las metáforas de baja estofa, me siento feliz. ¡Qué digo? ¡Soy feliz! Ella me habla por primera vez: - Nuevo BMW 320d. Disfruta de sus 163 caballos de potencia con un consumo promedio de 4,1 litros cada 100 kilómetros desde 30.400 euros o por 275 euros al mes.- Me quedo pasmado. ¿Qué está diciendo? Ella me inyecta su mirada y dice: -¿Te gusta conducir? -
De repente, despierto. Estoy en la cama, en mi habitación, bautizado de sudor. Miro el reloj, son las 5 de la mañana. Mi corazón palpita a puñetazos. Aprieto mis sienes y sacudo la cabeza. ¡Maldita publicidad! ¡Hijos de puta! Alguien a vuelto a colar un anuncio en mis sueños. ¿Será posible?
martes, 18 de mayo de 2010
OPIO
Estoy realmente preocupado. Van a subir los impuestos y cada vez hay más paro. A veces creo que por mucho que trabaje mi pensión será ínfima y que de viejo seré pobre. Ahora, entre otras cosas, van a quitar la ayuda a las personas que tengan un hijo, reducirán las ayudas a personas dependientes (enfermos, gente mayor...), congelarán la revalorización de pensiones (en función del aumento de la inflación), y reducirán substancialmente la inversión pública. Es injusto, salgamos a la calle a gritar, juntemonos para reivindicar nuestros derechos... ¿Eh? ¡Pero chuta cabrón! ¡Chutaaaa! ¡Sí! ¡Ahhhhhh! ¡Gol! ¡Gooooooooooooooooooooooooooool! ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL! ¡Hemos ganado! ¡Somos los campeones! ¡Oeeeeeeeeeeeee oeeeeeeeeeeeee oeeeeeeeeeeeeeeeeee! ¡Somos los mejores! ¡Cuanta felicidad! ¡Somos los mejores del mundo! ¡We are the champioooooooons! ¡Oeeeeeeeeee oeeeeee! ¡Visca! ¡Viscaaaaaa! ¡Oeeeeee oeeeee! ¡Cuanta felicidad! ¡Hemos ganadoooo! ¡Oeeeeee oeeeee oeeeee! ¡We are the champiooooons! Oeeeeeeee oeeeeeeeeee oeeeeeee....
martes, 11 de mayo de 2010
la realidad
Salgo a la calle y todo me parece sustantívamente real. La calle es la calle. El asfalto es sólo eso, asfalto. Los árboles, a un lado y a otro, son árboles al fin y al cabo, al cabo y al fin. El cielo es azul, el aire invisible y la lluvia moja. La personas caminan un paso después de otro, mientras sus caras denotan con exactitud su estado de ánimo: ausentes, preocupadas, felices o distraídas... No hay metáforas, no hay símbolos, ni fantasía alguna. La claridad de las cosas no da lugar a dudas. El mundo es factible, lógico y calculado. La física y la química se encargan de que todo tenga un sentido, la ley de la gravedad hace que las cosas no floten por los aires, la composición atómica mantiene los cuerpos estables. Los transhuentes respiran y alimentan su sangre con oxigeno, los pájaros baten sus alas para volar y los coches circulan empujados por sus motores de combustión interna. Abatido, me acerco a una pared y la acaricio con la palma de mi mano. Es real. Genuinamente real. Es una simple pared. Miro a mi alrededor y veo todo en las mismas condiciones. Pero de pronto cuando ya todo parece perdido, cuando pienso que el mundo no podrá sorprenderme, allí esta, sonriente, flotando a dos palmos del suelo, el simpático elefante rosa con su sombrerito azul. Menos mal.
miércoles, 5 de mayo de 2010
la rebelión de los niños
Los padres y los maestros fueron los primeros en darse cuenta de que algo había cambiado. Cuando un adulto se dirigía a un niño, fuera cual fuera la situación, éste se quedaba quieto, y le miraba, callado, como si estuvieran pensando en algo muy profundo. Después, simplemente, dejaba de prestar atención, sonreía y volvía a hacer lo que estaba haciendo. Los mayores insistían, rompían en cólera, les forzaban e incluso los maltrataban. Pero los niños habían dejado de hacerles caso a los adultos.
La desconexión era tan fuerte que los niños sólo hablaban entre ellos, en extraños idiomas que ninguna persona mayor podía comprender. Se reían, discutían, jugaban y vivían ajenos a cualquier mundo que no fuera el suyo. Padres, educadores, pedagogos, psicólogos, psiquiatras y científicos de todo el mundo mutipicaban sus teorías, pero ninguno de ellos comprendía lo que estaba pasando.
Pronto, el mundo se dio cuenta de que los niños ya no querían aprender nada, ni hacer caso a nadie y que incluso obligándoles no se obtenía ningún resultado. Las escuelas cerraron y la educación dejó de existir. A medida que los niños crecían sin ser educados, el mundo iba cambiando por completo. Los adultos-educados se hicieron mayores y en poco más de medio siglo habían desaparecido por completo. Las nuevas generaciones de niños no-educados poblaron el planeta y lo convirtieron en su reino. Un reino salvaje, dominado por la locura, el caos y la libertad.
martes, 4 de mayo de 2010
S.O.S.

Caigo al vacío a trescientos kilómetros por hora, la fricción es tan fuerte que se me calienta la piel al rojo vivo. El suelo se acerca a toda velocidad junto la inevitable certeza de que voy a morir reventado en mil pedazos. Le rezo a los dioses en los que no creo, le pido a la satírica suerte que se compadezca de mí, cierro los ojos y en mi oscuridad maldigo a Satán y a sus viles seguidores, cruzo los dedos y pido con afónicos gritos: ¡Clemencia! ¡Clemencia! Da igual. Voy a morir.
Exactamente un segundo antes de estamparme contra el suelo ( no entiendo porque no ha sido un poco antes) una luz Mariana corta en dos: el cielo y las nubes, y cual milagro de postal evangélica, puedo asirme a algo. Desesperado, como un perro a un hueso, me agarro con fuerza a mi salvación, borracho de adrenalina.
Pasado un tiempo todo se calma y llega la paz. Ahora, lloriqueo agazapado a la vida y me doy cuenta de que tú eres mi salvación. Me sonríes y me aferro con fuerza a tu culo redondo porque en ello me va la vida.
viernes, 30 de abril de 2010
el otro lado

Cientos de miles de productos hiper-interesantes, baratos, excelentes. Acción, mujeres, sexo, lujuria, viajes, atracciones y emociones. Noticias, desastres, dramas, asesinatos, gritos, deportes, fútbol, fútbol y fútbol. Celos, escándalos, brillantina, maquillaje, bocas, ojos, culos, lenguas, dinero, coches, consejos, ordenes y prioridades y.... de repente negro. ¿Negro?
¿Qué le ha pasado al televisor? Pregunta él ofendido. No lo se. Contesta ella extrañada. Ambos no se miran. Tienen la vista clavada en la pantalla donde sólo hay negro.
Poco a poco, cuando sus ojos se acomodan a la oscuridad, aparece su reflejo en el televisor. Son ellos. Dos mosquitos atrapados en el ámbar. Se miran.
Están en el comedor, sentados en un sofá, con el plato de la cena sobre sus rodillas. Él se ve muy calvo, ha perdido mucho pelo, hundido en el sillón. Con un gesto intenta sentarse con más decencia. A su lado, está repantingada su mujer, algo ajada, con sus gafas de siempre. No le quedan bien, son de vieja, pero prefiere no decírselo, no quiere ofenderla y menos discutir con ella.
Ella se observa poco agraciada, pequeña, como si hubiera menguado, luego piensa que hace tiempo que nadie le corta bien el pelo. Con un gesto se echa el flequillo un poco para atrás. El comedor se ve anticuado, avariciosamente rancio. Su marido lleva el mismo jersey de siempre, un jersey que nunca le ha gustado, además él también ha menguado.
Él coge el mando de la tele, ella lo ve a través del reflejo, y pulsa los botones desesperadamente. Ella le dice que tenga paciencia pero él aprieta con fuerza todos los canales." ¡Maldito televisor!" Ella le intenta calmar con un "tranquilo cariño". Y él contesta con violencia: "¡Estoy tranquilo!" Ella se enoja y... ¡Click! De repente vuelve la imagen. Él se relaja, ella también. Cientos de miles de productos hiper-interesantes, baratos, excelentes. Acción, mujeres, sexo, lujuria, viajes, atracciones y emociones. Noticias, desastres, asesinatos, gritos, deportes, fútbol, fútbol y fútbol. Celos, escándalos, brillantina, maquillaje, bocas, ojos, culos, lenguas, dinero, coches, consejos, ordenes, prioridades, etc... etc...
jueves, 22 de abril de 2010
La buena nueva
La gente va desnuda por la calle. Los hombres llevan sus miembros erectos cual mástiles para la bandera del amor. Las mujeres dejan un baboso rastro y abren sus piernas, sus culos y sus bocas en cada rincón de la ciudad. La carne liberada se atrae. La luz metálica lo baña todo y lo sublima todo. Mi bragueta se tensa como si guardara dentro a un increíble hombre creciente, un increíble Hulk, un Mr. Hyde que quiere dejar de esconderse. Los botones salen disparados y mis pantalones se hacen trizas. Las bocas en forma de"O", los ojos en forma de "O", los culos en forma de "o", y mi animal desbocado dispuesto a pasar por el aro. En lo bares hay orgías, en el metro una gang bang, en los supermercados ofertas de orgasmos. La gente se baña en las fuentes publicas, se exhibe en los escaparates y se apelotona en lascivas montañas de cuerpos. La ciudad es el caos. Las tiendas de ropa queman todo su genero, la policía anuncia la ley marcial y los predicadores se afanan en saquear los sex shops. Es el fin de los meses sin fin, el fin de los feos, de los viejos, el fin de los tabúes, el fin de la soledad y de los meses "sin". Todo el mundo es guapo, todo el mundo es deseable, ya nadie quiere casarse porque no existe ni la muerte ni la enfermedad, todo el mundo quiere procear, mutiplicarse y sobrepoblar el planeta, el sexo es una arma con la que matar o morir, y el amor es la resurrección. El milagro de una nueva vida florece. Llego la primavera.Pero de repente, el tiempo cambia, una nube, una tormenta, una borrasca lo inunda todo. Llueve en un día gris. Y la gente viaja en metro mirando al suelo, evitando el contacto de sus forrados abrigos. Las buenas maneras, la prudencia y la corrección nos esclavizan a todos. La carne es flácida, el amor eterno, fiel, único. El planeta abigarrado de trabajadores con las manos en los bolsillo (silbando para disimular) se llena de contención, amargura y soledad. Nadie se toca, nadie se mira, y el sexo se encierra en las pantallas de algun televisor. Aparece otra vez el juicio y se señalan los feos, las gordas, los viejos, los calvos, el mal aliento, el virus y lo indeseable. Se renuevan las etiquetas y se castiga con el aburrimiento a los que incumplen las normas. El aire corre frio y rancio entre los cuerpos callados, el triunfo de la razón se celebra en silencio. Abrigos, sombreros, distancia y respeto. Y la primavera tan lejos....
martes, 6 de abril de 2010
¿¡Te crees muy listo, eh!?
Si transportes metropolitanos no tuviera que gastarse el dinero en revisores, sistemas de seguridad, campañas de publicidad disuasivas, maquinas expendedoras, etc... podría invitar a la gente a viajar en metro gratis. Para protestar por esta incoherencia, siempre me cuelo en el metro. Lo hago por eso y para que los guardias de seguridad, los publicistas y los fabricantes de billetes no se queden sin trabajo y puedan llevar a sus hijos a una escuela de pago.
Esta vieja costumbre ha cambiado mi vida por completo. La semana pasada, en una estación en la que antes nunca me había bajado, cuando me dispongo a salir, las puertecitas, que me separan del exterior, no se abren. Raudo, intento lo mismo en otra salida, pero las dichosas puertecitas permanecen cerradas. Enseguida me doy cuenta de que para poder abandonar el metro uno tiene que introducir el ticket, validar su viaje y entonces, las puertas se abren.
El crimen es algo que hay que hacer rápido y sin pensar. Un, dos, tres. Me pego a la espalda de un ingenuo viajero como si fuera su sombra y le sigo. El anónimo benefactor saca su ticket y las puertecitas se abren, y diligentemente pasamos hacia al exterior como si fuéramos la misma persona. Me aparto del honrado ciudadano que no se ha percatado de nada y me dirijo a la calle con la excitada alegría que da superar un pequeño obstáculo. Hace un día soleado, totalmente primaveral, los niños juegan en la calle y de repente me doy cuenta de la magnitud de mi tragedia. Sin pensarlo, acabo de colarme al mundo real. Soy un polizonte de la ciudad entera. Algunas dudas asaltan mi cabeza. ¿Habrá revisores? ¿Vigilantes? ¿Cual será la multa por colarme en la ciudad?
Asustado, camino por el lado de las sombras, me compro un bigote postizo en una tienda de disfrazes para delincuentes y evito la mirada de cualquier persona hasta que llego a mi casa. Cierro la puerta a mis espaldas, me siento en el suelo resoplando. Mi vida ha cambiado por completo. La emoción aprieta mi esternón, ahora soy un fugitivo, un criminal, un fuera de la ley. Me he colado de lleno en esta vida, en esta ciudad y eso tiene pinta de ser muy pero que muy grave.
lunes, 1 de marzo de 2010
Sumisión total
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